jueves, 23 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas (III): Facto Delafé y las Flores Azules, por Ángel Vázquez

EL ARTEFACTO DE LA FE ***

Mi profesor de filosofía decía que solo hay que creer los artículos de la fe. Así que, incrédulo pero voluntarioso, animado por la salva de piropos que, cual obsesivo enamorado, Núñez va disparando en su honor, me encaminé a la Corredera para conocer ese misterioso artefacto sonoro que abría una noche que se anunciaba como “de hip hop”. Mis respetos por delante, nunca los raperos fueron santos de mi devoción, lo cual no les quita ni añade mérito, así que la noche se movería entre el escepticismo y la curiosidad. La fe mueve montañas, y esta fe que resultó aparecer en el escenario removió en mi sensaciones dispares pero deliciosas, más de las esperadas, en un concierto coqueto, naif, recubierto de serpentinas y papelillos, de pompas de jabón, de una familiaridad espontánea y más allá de todo ello impregnado de calidad.

Facto, cubrió la retaguardia con un gusto exquisito, que huyó de los tópicos sonoros del gremio y se internó por bosques mucho más apetecibles, sin rudezas, sin excesos de samplers o desquiciados scratch, pincelando con pianos de otra época o con preciosistas detalles difíciles de identificar pero de rápida asimilación auditiva, una banda sonora perfectamente ensamblada a las proyecciones que se sucedían al fondo del escenario. Por delante, Oscar DAniello Delafé y Helena de las Flores Azules cogieron su chistera y fueron sacando olores y sabores aterciopelados en los que la palabra no es arma sino instrumento colorista, en los que la voz es dulce y salada, comestible, envolvente, acaramelada, vaporosa, como si te rascara la espalda en medio de la siesta. Son una pareja perfecta porque saben repartirse los papeles, (se han casado, Gabi Mariñas dixit) que se vuelven complementarios, encajando como piezas gemelas, construyendo así un discurso no solo creíble sino convincente en el que el pop nada a sus anchas, en el que la línea de lo cursi nunca llega a traspasarse y en el que un interminable juego de voces y gestos acaba por redondear su creación. Él es como un pintoresco aviador llegado de otra galaxia. Ella aparenta fragilidad, ternura, inocencia, es una princesita. Juntos son una bomba emocional.

Para cuando salieron La Excepción andaba yo aún por las nubes. Me devolvió precipitadamente a la tierra el sonido rotundo de la banda de Carabanchel, fiel a su estela y adjetivos, orgullosa de la procedencia callejera del proyecto, incómoda a veces en sus mensajes, castigando con un repertorio afilado, guasón, premeditadamente chano, concebido para desguazar lo que nos rodea sin escrúpulo alguno. La gente se lo pasó en grande con sus ocurrencias, sus chistes, su visión de lo urbano más cercano al arrabal, su falta de poses y su verborrea suicida. Vísceras frente a delicatessen. Dos formas de ver pasar la vida, de vivir la calle, de relacionarse con los demás, de entender los despertares y descifrar los atardeceres. Dos polos opuestos con público propio, fiel. El de Facto más heterogeneo y soñador. El de La Excepción, más perfilado, con los pies en los adoquines y el barrio en la mochila. Artefactos ambos para la misma fe.

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