jueves, 30 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Trashumancia cultural

Para cerrar este amplio repaso de Eutopía 2008 puede acudirse al artículo aparecido en el número de noviembre de kiliedro

miércoles, 29 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas (y VII): Quique González, Ivan Ferreiro, Loquillo, por Marta Jiménez

EL TIEMPO Y LA DISTANCIA

El maratón en que se convirtió la última velada eutópica en Vistalegre tuvo un claro campeón, el vigués Iván Ferreiro. Frente a la sosería rockera de Quique González en directo y a las manidas poses de Loquillo, el capitán pirata (que diría mi compañero de página) se impuso con su pop intenso e intransferible. Es cierto que la cosa no era competir, pero resulta inevitable subirlos al ring. Vayamos por partes.

Uno, la organización debería reflexionar sobre el hecho de pasar seis horas en un recinto, algo que mataría la ilusión hasta de quien esperase a Lou Reed (excepto Loquillo, que le esperaría eternamente). Solución: o menos grupos o menor tiempo por concierto.

Dos, lo del buen sonido en Vistalegre parecer ser patrimonio exclusivo de los grandes técnicos de las grandes giras (léase Amaral). Para los más independientes conquistar un buen espacio sonoro en el pabellón sigue siendo inalcanzable.

Tres, Quique González rompió el hielo con su banda, La aristocracia del barrio, igual que hiciera en este mismo lugar hace dos años en la primera edición de Eutopía junto a los Taxidrivers. Y poco han cambiado las cosas: un puñado de canciones nuevas de arreglos más sencillos y Quique alternando la guitarra eléctrica con la acústica y sentándose en el teclado. Un concierto para adictos a sus acertadas letras y estupendas melodías, de esos que no te cambian el estado de ánimo ni te hacen temblar. Lástima que de Pájaros mojados, su mejor disco, sólo sonara Pequeño Rock and roll.

Cuatro, al madrileño le sacó lo mejor Ivan Ferreiro. Juntos entonaron, durante el concierto del gallego, Vidas cruzadas y Turnedo, gran momento de la eterna velada. El ex cantante de Piratas subió los ánimos y se llevó al público a la cancha, fans que no pararon de corear sus sacudidas emocionales. Con una voz reconocible entre diez mil (la del hermano pequeño y popero de Albert Pla) fue dejando surcos apasionados con canciones llenas de intenciones y sin memoria pirata, sin guiños al pasado, sólo mirando hacia los tesoros por conquistar.

Y cinco, todo lo contrario que Loquillo. Da la sensación de que si el loco no hubiera entonado El rompeolas, El ritmo del garaje o Cadillac solitario, redondas canciones de Sabino, los de las camisetas del pájaro loco no le hubiesen dejado salir vivo del pabellón. Él se encaminaba por su Arte y ensayo, por su Rock’n roll actitud, por lo más reciente y ¡nominado al Grammy latino!, Balmoral, pero nada, lo de soltar lastre se le resiste. Los más jóvenes del lugar lo abandonaron en bandadas. Puede que no entiendan a un señor con tupé y trajeado, que canta chulesco con el pie encima del monitor de sonido y que suda hombría a borbotones por mucho que haya metido a una bajista en la banda (con minifalda, claro). Pueda que fuera el mejor en otra vida. Desde luego no en ésta.

martes, 28 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónica de Bunbury

SUBLIME SIN INTERRUPCIÓN 

Lugar: Pabellón Municipal de Deportes Vista Alegre

Día: Viernes, 26 de septiembre

Con todo el viento a favor, las velas henchidas, el timón firme y la brújula exacta, el barco ambulante de Bunbury surcó la noche del viernes veloz, imparable, soberbio y capaz. Sobre el mar del escenario dejó una estela de sueños y copyrights, una espuma afilada de cuerdas eléctricas, un sabor inconfundible a sudor y oficio, una mirada que huele a trapecios y a cuadriláteros, una memoria infinita de circo, de cabaret y de ring.

Bramaba el público en la arena cuando desde el escenario llegó un tsunami de ruido y furia: la primera canción de la noche, El club de los imposibles, fue más que suficiente para saber de qué iba esta odisea: una banda con una pinta estupenda, contundencia al límite de la ley, arrobas de genuina actitud, pose maestra de estrella, banderas tatuadas de orgullo y un sonido que cortaba la respiración como un cuchillo dulce y perverso. Canta la tripulación, los remos apuntan al cielo e la nave va...

Después vino un aluvión de olas nuevas que arrojaban perlas preciosas, entre ellas la reluciente Bujías para el dolor. Para entonces el barco ya estaba varado en la isla del tesoro y los músicos piratas comenzaron a desenterrar las monedas más valiosas: Infinito , El extranjero, Solo si me perdonas, Sácame de aquí. Con semejante botín a Bunbury ya no lo paraba nadie, y de su chistera seguían brotando burbujas de tequila reposado, una pasión inagotable contagiaba el espacio y un carrusel de bailes y ecos giraba sin tregua. Su extraordinaria riqueza artística vale un Perú, su repertorio es un potosí. Donde no hay fronteras resultan ridículas las aduanas, y se impone la ley del mar. Es la apuesta aventurera, conquistadora y vehemente de Bunbury, puro escorpión mitológico: un carrusel de vida y color, un cargamento de vírgenes de cantina y paraísos perdidos, música de contrabando, medicamentos de luz y sonido.

Para el final el tahúr del Ebro se guardó dos de sus cartas más brillantes: esa revisión del primer Bowie que atiende al título de Lady Blue y que puso al barco a navegar por las galaxias, y la emblemática e imprescindible El viento a favor, toda una declaración de principios, una bandera blanca de esperanza plantada en medio del océano.

Espectáculos como el de Bunbury demuestran la capacidad del rock para reinventarse en los tiempos de crisis. En esos momentos difíciles solo los más hábiles saben mantenerse a flote. Y está claro que Bunbury es un prestidigitador magistral, un corsario elegante que maneja el micrófono con el arte del sable, un capitán fiel dispuesto a hundirse con su navío porque hace ya mucho tiempo que perdió el miedo a los naufragios. Dueño y señor de los vientos, Bunbury ordena las mareas a su antojo, con más precisión que la mismísima luna. Y navega entre dos aguas mirándose en el espejo del cielo, pues él mismo es la estrella del norte. La más grande. Es patrimonio de los magos y de los marineros viajar a ninguna parte y llegar a todos los puertos de la emoción.

Bunbury tomó su nombre de un personaje de La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde, y tal vez de Baudelaire la convicción y la certeza de que hay que ser sublime sin interrupción.

lunes, 27 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas (VI): Bunbury, por Ángel Vázquez

EL MIEDO A TRASPASAR LA FRONTERA

Tan mal me cae Bunbury picoteando en ideas ajenas como esa histérica horda de predicadores fundamentalistas que le buscan para ahorcarle en el primer árbol de las afueras del pueblo. Como en aquellos episodios desquiciados del Tomate cuando les daba por linchar a un personaje al azar, que muchas veces no era mucho peor que la propia filosofía del programa, por muy justificada que estuviera la acusación. Bunbury llegó para tocar en Córdoba en medio de una tormenta de rayos, truenos y centellas, en medio de un tsunami hipócrita del que propuse quedarme al margen, pero que finalmente me ha arrastrado y obligado a tomar opinión, y aquí me veo por mi mala cabeza, hablando de ello. Su concierto no decepcionó, ni por asomo, a pesar de que interpretó numerosos temas de su nuevo disco, poco conocidos porque aún no a la venta, aunque si pirateado en Internet.

La vida está llena de fronteras. Grandes y pequeñas, peligrosas o insignificantes. Fronteras que cruzamos o no según nuestra audacia, ambición, descaro o falta de escrúpulos. Fronteras que a menudo da miedo traspasar. Bunbury conoce bastantes de esas fronteras, ha ido y venido sobrepasando sus delgadas líneas rojas, y a estas alturas ya nadie debería sorprenderse al descubrir unas frases de otro en sus canciones. Ya lo sabíamos. El Héroe se ha reinventado a sí mismo, sin miedo, tantas veces que difícilmente podría haberlo hecho sin tomar referencias de acá o de allá, como muchos otros músicos, escritores, pintores, periodistas o arquitectos. La ley, que también existe a la hora de cruzar esta frontera, es la que debe poner las cosas en su sitio. Mientras, hondonadas de frikis buscan en google el origen de miles de frases, encendidos. El aburrimiento es muy malo.

Bunbury, a todo esto, pasea un espectáculo elegante, sumido en su habitual estética cercana siempre a circos, cabarets, clubs, rings y otros recintos en los que la frontera es dudosa en su emplazamiento. Cerró apoteósicamente con Lady Blue y El viento a favor, con orgasmos múltiples entre los acérrimos y pelos de escarpia entre los sensibles. Antes había construido sobre el desierto un repertorio ágil, caprichoso y convincente. Bunbury avanza en un viejo Cadillac por las llanuras de México en busca de su enésimo perfil, de su nueva identidad. Su dni ya es tan confuso como único, visceral, orgulloso y soberbio. Se le escuchó digerible, entrometido en el pop, crecido en el rock, husmeando en la canción popular… Siempre tiene una antena en su tejado para buscar “nuevas ideas”. Aquí si que es verdad que estás con él o contra él. Grita ¡acción!, sufre, se retuerce, emula, se mimetiza, trasciende, rebusca, imita, susurra palabras de amor mientras te apuñala con frases que ahora ya todos dudan de que sean suyas ¿Y qué? ¿Nadie aquí tiene defectos? Yo también los tengo: he plagiado el título de este artículo de una canción de Héroes. Ea, nos vemos en los tribunales.

domingo, 26 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas (V): Amaral y Lori Meyers, por Ángel Vázquez

UNA TERAPIA PELIGROSA

Mire doctor: ya se que vine a usted angustiado por mi problema, pero no me va a creer si le digo que se ha resuelto. Si, no me mire así. Agradezco sus esfuerzos, su interés y sus costosas sesiones, pero ya no le necesito. Todo ha cambiado. He visto la luz. Verá, cuando llegué angustiado por ese problema, sí, ya sabe, mi fobia al Vistalegre, la desesperación se abría paso en mis tripas. Ahora lo veo todo de otro color. Aunque le aseguro que no ha sido fácil, ni ha faltado dolor en el proceso. No se ponga nervioso que ya le cuento.

Cuando llegué al concierto mi espíritu no era precisamente el de unas castañuelas. Tenía frescas en mi memoria las ocasiones en las que mis tímpanos me amenazaron seriamente con desertar si les sometía por más tiempo a semejante tortura, no se si llegó a sus oídos la fama que tiene la acústica del lugar. Recordaba que no puedes tomar ni un vaso de agua en la pista, que es donde se cuece la coliflor, que a los pocos minutos las barras encharcan sus aledaños, que en unas zonas te escurres y en otras te pegas… en fin, que mis piernas me guiñaban calambres del tipo de ¿Y si nos vamos?. Venciendo mi fobia me planté ante Lori Meyers. Me sorprendió la cantidad de gente que coreaba sus canciones y la manera en que transmitían ritmo, buen rollo y a la vez lirismo. Lástima que sonaran para cortarse las venas. La ya familiar bola de graves se adueñó del recinto saludando a los habituales y recordándonos que en ese reino manda ella. Para colmo los Lori siguieron al milímetro su habitual formación en gira, con ¡dos baterías! tocando al unísono. Algo así como encerrarse en una tienda de campaña con dos leones. Grave sobre grave. Poco más de una hora en la que pude entrever unas canciones apetecibles y directas que reafirman su noble posición dentro del indie nacional. A esas horas ya sólo podía salvarme un milagro.

Si doctor, ya lo sé. Soy muy delicado. Pero es que si no lo cuento reviento. Pero calle, calle, y escuche, que le hablaré ahora de algo que le va a dejar sin aliento.

Se abre un telón y aparece Eva con una máscara y Juan con el gorro. Un par de segundos en el alambre, en el filo de la cornisa, sin saber que será de mí. Hasta que suena Kamikaze y mis orejas se abren como paraguas seducidas por un sonido pulcro, intachable, perfectamente equilibrado y ajustado a las características del recinto. Ahí acabó mi problema. El ingeniero logró en un minuto más que usted en un mes. Terapia de choque. Amaral se deslizó con comodidad, serpenteante, por un repertorio que exprimió nuevos y viejos temas, llenando un descomunal escenario que conjugaba sencillez con otros conceptos como tecnología, originalidad y eficacia. A partir de ahí la pareja machacó a la clientela con una interminable lista de terapias que por lo que mi respecta me parecieron de lo más eficaz. Hubo terapia de pareja, a través de la química que rezuman en el escenario. Terapia magnética que permitió que los glóbulos rojos se polarizaran ayudando a oxigenarse y eliminar residuos tóxicos (lease malos recuerdos musicales). Terapia génica gracias a influencias y acervos musicales que les permiten mantener un estandar elogiable de calidad, sin necesidad de reproducirlas con fidelidad (Iker, no busques el enigma). La psicoterapia de Carl Roger, que afirma que existe en todo ser humano (lease “grupo musical”) una tendencia innata a la actualización, al desarrollo progresivo y a la superación constante, si se encuentran presentes las condiciones adecuadas. La terapia familiar, que agrupa a clanes enteros frente a un concierto de este calibre. La terapia breve, resumida en fascinantes letras de tres minutos y medio. Las terapias naturales, basadas en argumentaciones que agitan conciencias para que nuestros hijos hereden un mundo habitable. La terapia perfeccionista, la de las canciones de lecturas múltiples, la de dos millones de discos vendidos sin caer en la trampa, la del pop construido sobre rock, la de reflexología a base de pies imposible de permanecer quietos…

Gracias doctor por sus esfuerzos, pero estoy curado. Aunque comienzo a sentir cierta ansiedad. Puede que esta terapia sea tan eficaz como peligrosa porque… ¿Qué pasará conmigo la próxima vez que suene mal?

sábado, 25 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas (IV): Amaral y Lori Meyers, por Marta Jiménez

ROJO Y NEGRO

AMARAL
PMD Vistalegre
Jueves 26


No faltaron ni los Alcántara. Mientras el matrimonio setentero de la pequeña pantalla aparecía en su capítulo correspondiente de Cuéntame la noche del jueves, también lo hacían en las gigantes pantallas del Vistalegre. La culpa fue de Amaral. Sonaba El universo sobre mí con decorado de imágenes de los 60 y 70, y ahí encajaron Antonio y Merche junto a los payasos de la tele, Massiel y hasta Arias Navarro, en uno de los pocos trucos extramusicales que el dúo se permitió en su espectáculo en Córdoba. Algo que hizo pensar sobre si ellos no serían una especie de Alcántaras del presente, al caer bien y ser icono de una inmensa clase media.

En fin, con el pabellón hasta la bandera, un sonido más aceptable que en otras ocasiones en este espacio y un montaje tan sofisticado y solvente como el propio grupo, Amaral volvió a la ciudad con el tatuaje de Gato Negro-Dragón rojo en la piel, los colores predominantes de la noche, más un rosario de éxitos y números uno que volaban como proyectiles por la cancha. Dispararon con el primer tema de su último Cd, Kamikaze, todo un mantra del dúo: “porque estas ansias de vivir no caben en una canción porque no importa el porvenir, creímos en el rock and roll. Por eso estamos aquí, equivocados o no”.

Ella con vestido minifaldero negro, máscara de gato y botín de aguja; él con su inseparable gorrito y manga larga, a pesar del horno que era Vistalegre, ambos en medio de un escenario sorprendente: cóncavo y muy estético.

Eva, que se define insegura y tímida, supo transformar ambas debilidades en plena energía. Posee poderío en la voz, toca la armónica y cualquier percusión que se le cruce, salta a la par que el público, da calorcito y es tan ultraprofesional como Juan. Él dejó de ser mudito por una noche y cantó en el bis Es sólo una canción, con guiño a The Clash incluido.

Antes, el público ya había coreado casi todos los singles: Cómo hablar, Toda la noche en la calle o Resurrección. Tras casi dos horas y media de energético concierto, los de la jornada de ocho a tres comenzaban a bostezar y a mirar el reloj. Al principio habían tocado los granadinos Lori Meyer, dando buena cuenta de por qué son ya algo más que una revelación. Y para revelación, la que tuvo Amaral en Córdoba al conocer a Bob Dylan hace cuatro años. Por eso no había quien les echara del escenario.

viernes, 24 de octubre de 2008

Música para un perol alternativo

Para el día de San Rafael, una propuesta bizarra en Radio Córdoba: Raphael, Raffaella Carra, y algo de equilibrio con la elegancia de Carla Bruni y Álvaro Tarik

Puede escucharse aquí