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miércoles, 7 de enero de 2009

LO MEJOR DEL 2008: THE BOOK



LA PASTA DE BRIEVA Y DE PABLO, LAS PASTA GANSA, RESERVOIR BOOKZ... YOU KNOW WHAT I MIX, WHEN THE NIGHT, WHEN THE PEOPLE, HIGH CULTURE, SALOON LITERATURE... AND SO ON... SO CABRÓN

martes, 6 de enero de 2009

lunes, 5 de enero de 2009

domingo, 4 de enero de 2009

sábado, 3 de enero de 2009

Automático: Sesión vespertina


Serge y Jane, amor automático

Hoy, sesión vespertina en el Automático Muzik Bar (C/ Alfaros, Córdoba): de 17.00 a 21.00 sonarán las bonitas canciones de Gainsbourg, Birkin, Biolay y Bruni, y también de Lambchop, Wilco, Christina Rosenvinge, Stars, MGMT, Giant Sand, Spiritualized, My Bloody Valentine, Nick Lowe, Leonard Cohen, Russian Red, The Pixies, Bowie, Tindersticks, We Are Standard, Limousine, The Ting Tings...

jueves, 1 de enero de 2009

LO MEJOR DEL 2008: CLIP NACIONAL



Christina Rosenvinge: La distancia adecuada. Dirigido por Luis Cerveró para Nanouk Films



We Are Standard: Last Time. Dirigido por Marc Lozano y producido por Les Nouveaux Auteurs, Nanouk Films y Activa Films.

jueves, 30 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Trashumancia cultural

Para cerrar este amplio repaso de Eutopía 2008 puede acudirse al artículo aparecido en el número de noviembre de kiliedro

miércoles, 29 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas (y VII): Quique González, Ivan Ferreiro, Loquillo, por Marta Jiménez

EL TIEMPO Y LA DISTANCIA

El maratón en que se convirtió la última velada eutópica en Vistalegre tuvo un claro campeón, el vigués Iván Ferreiro. Frente a la sosería rockera de Quique González en directo y a las manidas poses de Loquillo, el capitán pirata (que diría mi compañero de página) se impuso con su pop intenso e intransferible. Es cierto que la cosa no era competir, pero resulta inevitable subirlos al ring. Vayamos por partes.

Uno, la organización debería reflexionar sobre el hecho de pasar seis horas en un recinto, algo que mataría la ilusión hasta de quien esperase a Lou Reed (excepto Loquillo, que le esperaría eternamente). Solución: o menos grupos o menor tiempo por concierto.

Dos, lo del buen sonido en Vistalegre parecer ser patrimonio exclusivo de los grandes técnicos de las grandes giras (léase Amaral). Para los más independientes conquistar un buen espacio sonoro en el pabellón sigue siendo inalcanzable.

Tres, Quique González rompió el hielo con su banda, La aristocracia del barrio, igual que hiciera en este mismo lugar hace dos años en la primera edición de Eutopía junto a los Taxidrivers. Y poco han cambiado las cosas: un puñado de canciones nuevas de arreglos más sencillos y Quique alternando la guitarra eléctrica con la acústica y sentándose en el teclado. Un concierto para adictos a sus acertadas letras y estupendas melodías, de esos que no te cambian el estado de ánimo ni te hacen temblar. Lástima que de Pájaros mojados, su mejor disco, sólo sonara Pequeño Rock and roll.

Cuatro, al madrileño le sacó lo mejor Ivan Ferreiro. Juntos entonaron, durante el concierto del gallego, Vidas cruzadas y Turnedo, gran momento de la eterna velada. El ex cantante de Piratas subió los ánimos y se llevó al público a la cancha, fans que no pararon de corear sus sacudidas emocionales. Con una voz reconocible entre diez mil (la del hermano pequeño y popero de Albert Pla) fue dejando surcos apasionados con canciones llenas de intenciones y sin memoria pirata, sin guiños al pasado, sólo mirando hacia los tesoros por conquistar.

Y cinco, todo lo contrario que Loquillo. Da la sensación de que si el loco no hubiera entonado El rompeolas, El ritmo del garaje o Cadillac solitario, redondas canciones de Sabino, los de las camisetas del pájaro loco no le hubiesen dejado salir vivo del pabellón. Él se encaminaba por su Arte y ensayo, por su Rock’n roll actitud, por lo más reciente y ¡nominado al Grammy latino!, Balmoral, pero nada, lo de soltar lastre se le resiste. Los más jóvenes del lugar lo abandonaron en bandadas. Puede que no entiendan a un señor con tupé y trajeado, que canta chulesco con el pie encima del monitor de sonido y que suda hombría a borbotones por mucho que haya metido a una bajista en la banda (con minifalda, claro). Pueda que fuera el mejor en otra vida. Desde luego no en ésta.

martes, 28 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónica de Bunbury

SUBLIME SIN INTERRUPCIÓN 

Lugar: Pabellón Municipal de Deportes Vista Alegre

Día: Viernes, 26 de septiembre

Con todo el viento a favor, las velas henchidas, el timón firme y la brújula exacta, el barco ambulante de Bunbury surcó la noche del viernes veloz, imparable, soberbio y capaz. Sobre el mar del escenario dejó una estela de sueños y copyrights, una espuma afilada de cuerdas eléctricas, un sabor inconfundible a sudor y oficio, una mirada que huele a trapecios y a cuadriláteros, una memoria infinita de circo, de cabaret y de ring.

Bramaba el público en la arena cuando desde el escenario llegó un tsunami de ruido y furia: la primera canción de la noche, El club de los imposibles, fue más que suficiente para saber de qué iba esta odisea: una banda con una pinta estupenda, contundencia al límite de la ley, arrobas de genuina actitud, pose maestra de estrella, banderas tatuadas de orgullo y un sonido que cortaba la respiración como un cuchillo dulce y perverso. Canta la tripulación, los remos apuntan al cielo e la nave va...

Después vino un aluvión de olas nuevas que arrojaban perlas preciosas, entre ellas la reluciente Bujías para el dolor. Para entonces el barco ya estaba varado en la isla del tesoro y los músicos piratas comenzaron a desenterrar las monedas más valiosas: Infinito , El extranjero, Solo si me perdonas, Sácame de aquí. Con semejante botín a Bunbury ya no lo paraba nadie, y de su chistera seguían brotando burbujas de tequila reposado, una pasión inagotable contagiaba el espacio y un carrusel de bailes y ecos giraba sin tregua. Su extraordinaria riqueza artística vale un Perú, su repertorio es un potosí. Donde no hay fronteras resultan ridículas las aduanas, y se impone la ley del mar. Es la apuesta aventurera, conquistadora y vehemente de Bunbury, puro escorpión mitológico: un carrusel de vida y color, un cargamento de vírgenes de cantina y paraísos perdidos, música de contrabando, medicamentos de luz y sonido.

Para el final el tahúr del Ebro se guardó dos de sus cartas más brillantes: esa revisión del primer Bowie que atiende al título de Lady Blue y que puso al barco a navegar por las galaxias, y la emblemática e imprescindible El viento a favor, toda una declaración de principios, una bandera blanca de esperanza plantada en medio del océano.

Espectáculos como el de Bunbury demuestran la capacidad del rock para reinventarse en los tiempos de crisis. En esos momentos difíciles solo los más hábiles saben mantenerse a flote. Y está claro que Bunbury es un prestidigitador magistral, un corsario elegante que maneja el micrófono con el arte del sable, un capitán fiel dispuesto a hundirse con su navío porque hace ya mucho tiempo que perdió el miedo a los naufragios. Dueño y señor de los vientos, Bunbury ordena las mareas a su antojo, con más precisión que la mismísima luna. Y navega entre dos aguas mirándose en el espejo del cielo, pues él mismo es la estrella del norte. La más grande. Es patrimonio de los magos y de los marineros viajar a ninguna parte y llegar a todos los puertos de la emoción.

Bunbury tomó su nombre de un personaje de La importancia de llamarse Ernesto, de Oscar Wilde, y tal vez de Baudelaire la convicción y la certeza de que hay que ser sublime sin interrupción.

lunes, 27 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas (VI): Bunbury, por Ángel Vázquez

EL MIEDO A TRASPASAR LA FRONTERA

Tan mal me cae Bunbury picoteando en ideas ajenas como esa histérica horda de predicadores fundamentalistas que le buscan para ahorcarle en el primer árbol de las afueras del pueblo. Como en aquellos episodios desquiciados del Tomate cuando les daba por linchar a un personaje al azar, que muchas veces no era mucho peor que la propia filosofía del programa, por muy justificada que estuviera la acusación. Bunbury llegó para tocar en Córdoba en medio de una tormenta de rayos, truenos y centellas, en medio de un tsunami hipócrita del que propuse quedarme al margen, pero que finalmente me ha arrastrado y obligado a tomar opinión, y aquí me veo por mi mala cabeza, hablando de ello. Su concierto no decepcionó, ni por asomo, a pesar de que interpretó numerosos temas de su nuevo disco, poco conocidos porque aún no a la venta, aunque si pirateado en Internet.

La vida está llena de fronteras. Grandes y pequeñas, peligrosas o insignificantes. Fronteras que cruzamos o no según nuestra audacia, ambición, descaro o falta de escrúpulos. Fronteras que a menudo da miedo traspasar. Bunbury conoce bastantes de esas fronteras, ha ido y venido sobrepasando sus delgadas líneas rojas, y a estas alturas ya nadie debería sorprenderse al descubrir unas frases de otro en sus canciones. Ya lo sabíamos. El Héroe se ha reinventado a sí mismo, sin miedo, tantas veces que difícilmente podría haberlo hecho sin tomar referencias de acá o de allá, como muchos otros músicos, escritores, pintores, periodistas o arquitectos. La ley, que también existe a la hora de cruzar esta frontera, es la que debe poner las cosas en su sitio. Mientras, hondonadas de frikis buscan en google el origen de miles de frases, encendidos. El aburrimiento es muy malo.

Bunbury, a todo esto, pasea un espectáculo elegante, sumido en su habitual estética cercana siempre a circos, cabarets, clubs, rings y otros recintos en los que la frontera es dudosa en su emplazamiento. Cerró apoteósicamente con Lady Blue y El viento a favor, con orgasmos múltiples entre los acérrimos y pelos de escarpia entre los sensibles. Antes había construido sobre el desierto un repertorio ágil, caprichoso y convincente. Bunbury avanza en un viejo Cadillac por las llanuras de México en busca de su enésimo perfil, de su nueva identidad. Su dni ya es tan confuso como único, visceral, orgulloso y soberbio. Se le escuchó digerible, entrometido en el pop, crecido en el rock, husmeando en la canción popular… Siempre tiene una antena en su tejado para buscar “nuevas ideas”. Aquí si que es verdad que estás con él o contra él. Grita ¡acción!, sufre, se retuerce, emula, se mimetiza, trasciende, rebusca, imita, susurra palabras de amor mientras te apuñala con frases que ahora ya todos dudan de que sean suyas ¿Y qué? ¿Nadie aquí tiene defectos? Yo también los tengo: he plagiado el título de este artículo de una canción de Héroes. Ea, nos vemos en los tribunales.

domingo, 26 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas (V): Amaral y Lori Meyers, por Ángel Vázquez

UNA TERAPIA PELIGROSA

Mire doctor: ya se que vine a usted angustiado por mi problema, pero no me va a creer si le digo que se ha resuelto. Si, no me mire así. Agradezco sus esfuerzos, su interés y sus costosas sesiones, pero ya no le necesito. Todo ha cambiado. He visto la luz. Verá, cuando llegué angustiado por ese problema, sí, ya sabe, mi fobia al Vistalegre, la desesperación se abría paso en mis tripas. Ahora lo veo todo de otro color. Aunque le aseguro que no ha sido fácil, ni ha faltado dolor en el proceso. No se ponga nervioso que ya le cuento.

Cuando llegué al concierto mi espíritu no era precisamente el de unas castañuelas. Tenía frescas en mi memoria las ocasiones en las que mis tímpanos me amenazaron seriamente con desertar si les sometía por más tiempo a semejante tortura, no se si llegó a sus oídos la fama que tiene la acústica del lugar. Recordaba que no puedes tomar ni un vaso de agua en la pista, que es donde se cuece la coliflor, que a los pocos minutos las barras encharcan sus aledaños, que en unas zonas te escurres y en otras te pegas… en fin, que mis piernas me guiñaban calambres del tipo de ¿Y si nos vamos?. Venciendo mi fobia me planté ante Lori Meyers. Me sorprendió la cantidad de gente que coreaba sus canciones y la manera en que transmitían ritmo, buen rollo y a la vez lirismo. Lástima que sonaran para cortarse las venas. La ya familiar bola de graves se adueñó del recinto saludando a los habituales y recordándonos que en ese reino manda ella. Para colmo los Lori siguieron al milímetro su habitual formación en gira, con ¡dos baterías! tocando al unísono. Algo así como encerrarse en una tienda de campaña con dos leones. Grave sobre grave. Poco más de una hora en la que pude entrever unas canciones apetecibles y directas que reafirman su noble posición dentro del indie nacional. A esas horas ya sólo podía salvarme un milagro.

Si doctor, ya lo sé. Soy muy delicado. Pero es que si no lo cuento reviento. Pero calle, calle, y escuche, que le hablaré ahora de algo que le va a dejar sin aliento.

Se abre un telón y aparece Eva con una máscara y Juan con el gorro. Un par de segundos en el alambre, en el filo de la cornisa, sin saber que será de mí. Hasta que suena Kamikaze y mis orejas se abren como paraguas seducidas por un sonido pulcro, intachable, perfectamente equilibrado y ajustado a las características del recinto. Ahí acabó mi problema. El ingeniero logró en un minuto más que usted en un mes. Terapia de choque. Amaral se deslizó con comodidad, serpenteante, por un repertorio que exprimió nuevos y viejos temas, llenando un descomunal escenario que conjugaba sencillez con otros conceptos como tecnología, originalidad y eficacia. A partir de ahí la pareja machacó a la clientela con una interminable lista de terapias que por lo que mi respecta me parecieron de lo más eficaz. Hubo terapia de pareja, a través de la química que rezuman en el escenario. Terapia magnética que permitió que los glóbulos rojos se polarizaran ayudando a oxigenarse y eliminar residuos tóxicos (lease malos recuerdos musicales). Terapia génica gracias a influencias y acervos musicales que les permiten mantener un estandar elogiable de calidad, sin necesidad de reproducirlas con fidelidad (Iker, no busques el enigma). La psicoterapia de Carl Roger, que afirma que existe en todo ser humano (lease “grupo musical”) una tendencia innata a la actualización, al desarrollo progresivo y a la superación constante, si se encuentran presentes las condiciones adecuadas. La terapia familiar, que agrupa a clanes enteros frente a un concierto de este calibre. La terapia breve, resumida en fascinantes letras de tres minutos y medio. Las terapias naturales, basadas en argumentaciones que agitan conciencias para que nuestros hijos hereden un mundo habitable. La terapia perfeccionista, la de las canciones de lecturas múltiples, la de dos millones de discos vendidos sin caer en la trampa, la del pop construido sobre rock, la de reflexología a base de pies imposible de permanecer quietos…

Gracias doctor por sus esfuerzos, pero estoy curado. Aunque comienzo a sentir cierta ansiedad. Puede que esta terapia sea tan eficaz como peligrosa porque… ¿Qué pasará conmigo la próxima vez que suene mal?

sábado, 25 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas (IV): Amaral y Lori Meyers, por Marta Jiménez

ROJO Y NEGRO

AMARAL
PMD Vistalegre
Jueves 26


No faltaron ni los Alcántara. Mientras el matrimonio setentero de la pequeña pantalla aparecía en su capítulo correspondiente de Cuéntame la noche del jueves, también lo hacían en las gigantes pantallas del Vistalegre. La culpa fue de Amaral. Sonaba El universo sobre mí con decorado de imágenes de los 60 y 70, y ahí encajaron Antonio y Merche junto a los payasos de la tele, Massiel y hasta Arias Navarro, en uno de los pocos trucos extramusicales que el dúo se permitió en su espectáculo en Córdoba. Algo que hizo pensar sobre si ellos no serían una especie de Alcántaras del presente, al caer bien y ser icono de una inmensa clase media.

En fin, con el pabellón hasta la bandera, un sonido más aceptable que en otras ocasiones en este espacio y un montaje tan sofisticado y solvente como el propio grupo, Amaral volvió a la ciudad con el tatuaje de Gato Negro-Dragón rojo en la piel, los colores predominantes de la noche, más un rosario de éxitos y números uno que volaban como proyectiles por la cancha. Dispararon con el primer tema de su último Cd, Kamikaze, todo un mantra del dúo: “porque estas ansias de vivir no caben en una canción porque no importa el porvenir, creímos en el rock and roll. Por eso estamos aquí, equivocados o no”.

Ella con vestido minifaldero negro, máscara de gato y botín de aguja; él con su inseparable gorrito y manga larga, a pesar del horno que era Vistalegre, ambos en medio de un escenario sorprendente: cóncavo y muy estético.

Eva, que se define insegura y tímida, supo transformar ambas debilidades en plena energía. Posee poderío en la voz, toca la armónica y cualquier percusión que se le cruce, salta a la par que el público, da calorcito y es tan ultraprofesional como Juan. Él dejó de ser mudito por una noche y cantó en el bis Es sólo una canción, con guiño a The Clash incluido.

Antes, el público ya había coreado casi todos los singles: Cómo hablar, Toda la noche en la calle o Resurrección. Tras casi dos horas y media de energético concierto, los de la jornada de ocho a tres comenzaban a bostezar y a mirar el reloj. Al principio habían tocado los granadinos Lori Meyer, dando buena cuenta de por qué son ya algo más que una revelación. Y para revelación, la que tuvo Amaral en Córdoba al conocer a Bob Dylan hace cuatro años. Por eso no había quien les echara del escenario.

jueves, 23 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas (III): Facto Delafé y las Flores Azules, por Ángel Vázquez

EL ARTEFACTO DE LA FE ***

Mi profesor de filosofía decía que solo hay que creer los artículos de la fe. Así que, incrédulo pero voluntarioso, animado por la salva de piropos que, cual obsesivo enamorado, Núñez va disparando en su honor, me encaminé a la Corredera para conocer ese misterioso artefacto sonoro que abría una noche que se anunciaba como “de hip hop”. Mis respetos por delante, nunca los raperos fueron santos de mi devoción, lo cual no les quita ni añade mérito, así que la noche se movería entre el escepticismo y la curiosidad. La fe mueve montañas, y esta fe que resultó aparecer en el escenario removió en mi sensaciones dispares pero deliciosas, más de las esperadas, en un concierto coqueto, naif, recubierto de serpentinas y papelillos, de pompas de jabón, de una familiaridad espontánea y más allá de todo ello impregnado de calidad.

Facto, cubrió la retaguardia con un gusto exquisito, que huyó de los tópicos sonoros del gremio y se internó por bosques mucho más apetecibles, sin rudezas, sin excesos de samplers o desquiciados scratch, pincelando con pianos de otra época o con preciosistas detalles difíciles de identificar pero de rápida asimilación auditiva, una banda sonora perfectamente ensamblada a las proyecciones que se sucedían al fondo del escenario. Por delante, Oscar DAniello Delafé y Helena de las Flores Azules cogieron su chistera y fueron sacando olores y sabores aterciopelados en los que la palabra no es arma sino instrumento colorista, en los que la voz es dulce y salada, comestible, envolvente, acaramelada, vaporosa, como si te rascara la espalda en medio de la siesta. Son una pareja perfecta porque saben repartirse los papeles, (se han casado, Gabi Mariñas dixit) que se vuelven complementarios, encajando como piezas gemelas, construyendo así un discurso no solo creíble sino convincente en el que el pop nada a sus anchas, en el que la línea de lo cursi nunca llega a traspasarse y en el que un interminable juego de voces y gestos acaba por redondear su creación. Él es como un pintoresco aviador llegado de otra galaxia. Ella aparenta fragilidad, ternura, inocencia, es una princesita. Juntos son una bomba emocional.

Para cuando salieron La Excepción andaba yo aún por las nubes. Me devolvió precipitadamente a la tierra el sonido rotundo de la banda de Carabanchel, fiel a su estela y adjetivos, orgullosa de la procedencia callejera del proyecto, incómoda a veces en sus mensajes, castigando con un repertorio afilado, guasón, premeditadamente chano, concebido para desguazar lo que nos rodea sin escrúpulo alguno. La gente se lo pasó en grande con sus ocurrencias, sus chistes, su visión de lo urbano más cercano al arrabal, su falta de poses y su verborrea suicida. Vísceras frente a delicatessen. Dos formas de ver pasar la vida, de vivir la calle, de relacionarse con los demás, de entender los despertares y descifrar los atardeceres. Dos polos opuestos con público propio, fiel. El de Facto más heterogeneo y soñador. El de La Excepción, más perfilado, con los pies en los adoquines y el barrio en la mochila. Artefactos ambos para la misma fe.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas: Calamaro, por Marta Jiménez

NOBLEZA ROCKERA

Andrés Calamaro
Teatro de la Axerquía
Jueves 18 de septiembre.


La noche caminó al revés. Gran retraso en el comienzo del show, un telonero que fue post y Andrés Calamaro en estado puro durante las dos horas incansables que abrieron Eutopía 08. La culpa de todo, otra vez, la tuvieron las cuatro gotas que hicieron temer por el concierto y que hacen preguntarnos por qué en las décadas de reforma de la Axerquía a nadie se le ocurrió techar el escenario y evitar estas crisis. Menos mal que todo se olvidó rápido, en cuanto el comandante del rock hispanoargentino subió al escenario pleno de guitarras (incluso él pasó de los teclados), de voces de acompañamiento y con un repertorio transatlántico.

Gafas negras de aviador bajo el pelucón ensortijado y calavera de brillantes a la espalda. Banda de matrícula de honor, a la altura de la fuerza en escena del rockero. Electricidad e interactuación con un público rendido desde el primer acorde más un acertado repertorio. En resumen, nobleza rockera de las de antes. Algunos fantaseamos con el aroma de aquella Axerquía de finales de los ochenta, época de saltar el murete mejor que entrar por la puerta, y que visitó un buen puñado de rockeros españoles, entre ellos, Gabinete Caligari. Jaime Urrutia fue una de las guindas de la noche del jueves. Andrés tuvo el detalle de invitarle a cantar y el castellano de aceptar. Entonaron juntos Te quiero igual y Cuatro rosas, en pleno karaoke colectivo.

Hubo poco tango y mucho rock. De todos sus discos en solitario y de Los Rodríguez (A los ojos, Todavía una canción de amor, Sin documentos). Algunas del último, La lengua popular y momentazos con Los aviones, Estadio azteca, Me arde o Paloma. Divo y verboso, Calamaro se despidió mil veces para volver otras tantas con un éxito mayor en la recámara. Estaba pletórico y logró contagiarlo. Por eso le perdonamos que creyese estar en un anfiteatro romano. Son las cosas
del César.

No fue justo que después de tanta explosión, Josele Santiago se quedase en familia. Los que se fueron se perdieron un concierto honesto y sobresaliente.


martes, 21 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas (I): Calamaro, por Ángel Vázquez

UN PUÑETAZO EN LA BOCA ****

Calamaro levantó el telón y dijo: “¿Dónde está ese tío?”. Se hizo el silencio. Cuando me encontró, vino, se quitó las gafas y me dio un puñetazo en la boca. Con toda la razón del mundo, para que nos vamos a engañar. Un puñetazo tan merecido como efectivo.

La leyenda le precede, y como las leyendas urbanas están para creerlas… pues piqué. Pocas estrellas sonoras como Calamaro aglutinan tan ingente colección de chismes sobre los diversos capítulos en los que se desglosa su vida. Sobre sus poses, sus adicciones, sus conversiones, sus aflicciones… Sugestionado por tal retahíla de blasfemias me senté en la Axerquía esperando a un tipo domado por los avatares, de vuelta de todo, hinchado por los cambios de hábitos, meloso en su nueva vida, transformado por la paternidad, manso, y tal vez cansino en cuanto a canciones fetiche. La noche del viernes, sin saberlo, sin quererlo, sin darme cuenta, empujado por “lo que dicen”, por el “¿Sabes qué…?” hubiera ganado la carrera de sacos para tontos llenos de prejuicios. Por eso Calamaro me enfiló desde la primera nota, me golpeó sin mediar palabra, el muy bruto, y me hizo volver al mundo de la realidad, de la cordura, de “primero escucha y luego piensa”. Los críticos también somos humanos y pecadores.

Hay quien se entretiene en hacer 2000 abdominales diarias. Calamaro hace canciones. Muchas canciones. Las hace al por mayor, sin ninguna vergüenza ni pudor. A cientos. Las hace redondas. Y luego viene a Córdoba y las canta con una banda arrolladora, eficaz, medida, eufórica, atronadora… No se como lo hizo, pero fue un concierto de rock and roll abrasante sin necesidad de prescindir de su guiños tangueros, de algunas rarezas, de sus baladas, o de fragmentos recitados del Martín Fierro. Después del puñetazo desperté dentro de una bola que rodaba colina abajo con cuatro guitarras haciéndome arder el estómago, un bajista que toca a la altura de las rodillas como una apisonadora, El Niño en una batería sublime que apostaba por reventar mi cabeza y el viejo amigo Tito Dávila tras un hammond belicoso y detallista. ¿Y Calamaro? Pues saltando, corriendo, chillando (¿Mika?), exhibiendo poder en tonos altos, blandiendo el pie de micro arriba y abajo como si fuera una pluma, haciendo el pollo, el ganso, sudando la camiseta y tocando un amplio y aplaudido repertorio sin perder el resuello. Buff. Calamaro en plena forma. Calamaro entregado, quitándose las gafas para saludar una y otra vez, como diciendo “este soy yo, de verdad, sin antifaz…”. Calamaro desconcertante, cercano, agotador. Calamaro escalando de nuevo la cumbre a base de proteina (no más otras ina) y dando patadas a la chismología en un juego tan eficiente como saludable.

Hacía años que no asistía a un concierto tan embaucador. Hacía años que un directo no me sorprendía tanto. Que alguien no me animaba a bajar a la barrera. Y eso ya lo pensaba antes de que saliera Urrutia y cantara el Cuatro Rosas. Imagínense después. No voy enumerar las canciones. Ni a explicar la cara del público, sus manos, sus movimientos, su entrega… ¡Pues claro que tocó Paloma! Y Flaca, y Sin Documentos, y El Salmón, y …bueno, no iba a hacer ninguna lista, dije. Me puede. Me dejo llevar. Josele Santiago se tuvo que conformar con unas sobras que tampoco fueron migajas, pero es que después de Andrés muchos más de los que pudiéramos nombrar lo hubieran tenido muy difícil. Nunca pensé que un puñetazo pudiera saber a gloria.


lunes, 20 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Crónicas cercanas

A partir de mañana comenzaré a publicar en este blogs las crónicas de los conciertos de Eutopía 08 que escribimos mis colegas Marta Jiménez y Ángel Vázquez y un servidor.

domingo, 19 de octubre de 2008

Autopía: eutopía: Episodio 10: La ciudad interior

 
Dejé a Loquillo emulando la obsesión gimnástica de El Córdobés, y me alejé del Vista Alegre bailando bajo la lluvia. No era, en absoluto, el efecto de la última jornada de conciertos, sin duda la más apática de las eutópicas, pero sí el resultado de tanta emoción acumulada en estas fechas. Saltando de charco en charco, me preguntaba si la creación es el fruto de un acto voluntario o de un afortunado accidente. Un coche, ebrio de ragatón y prisas, me dio la respuesta adecuada salpicándome de barro. Llegué a casa hecho un cristo, besé los cabellos de mi mujer durmiente y, bajo el agua templada de la ducha, me puse a recordar la intensidad de estos días.

Por el desagüe se fue lo banal, el sumidero se tragó lo contingente, pero poco a poco fue emergiendo lo necesario y llegaron los ecos de cal y de arena, de polvo y cemento, y comprobé que en cada superficie las huellas imprimen una memoria distinta.

Será difícil olvidar la honestidad mestiza de maestros como Calamaro y Bunbury, la eficacia profesional de Amaral, la energía inagotable de Lori Meyers, la sobredosis de optimismo de Facto Delafé y las Flores Azules. He compartido la sensación general de que todos ellos nos dieron lo mejor de sí mismos, de que nos regalaron su mejor versión.

Indeleble será también el registro de la sarcástica respuesta de Sabino Méndez cuando le preguntamos por su relación con la literaria generación Nocilla: “Cuando llegó la Nocilla yo ya estaba con la heroína”. Inmarcesibles parecen los frutos callejeros de la curiosidad y las artes, de los entreactos y las conversaciones, de las palabras, los pinceles y las miradas, de cada propuesta, de cada gestación, de esa infinita ilusión del embarazo.

¿Ninguna crítica? Pues claro que sí: Todas las precisas para que el motor no se detenga: Más riesgo y más abismo, más Europa y más barrio, más ansias migratorias, menos fronteras intelectuales y morales. Lo que haga falta.

La ciudad respira. Está saliendo el sol. Las aceras laten. Salvaje es el viento.

sábado, 18 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Episodio Nueve: Cuestión de respeto

No hace demasiados años, en La Boca del Lobo, reducto mágico de la noche madrileña, los casi dos metros de Loquillo entraron en el local desplazando público y atmósfera y se plantaron junto a la barra. Oteando el panorama con esa visera que lleva por flequillo, distinguió en la planta superior la silueta bailona de Santiago Auserón. El pívot del rock fue a ver al medio centro del pop, quien le saludó diciéndole: “Mis respetos, don José María”. El Loco le estrechó la mano y le contestó: “Sus respetos, no, don Santiago: los míos. Que usted es mayor que yo”.

La escena es verídica y refleja a la perfección la arrogancia desbordante y genuina que derrama el tipo que un día dijo que quería ser una rock and roll star. Confieso que siempre me ha parecido entrañable su insistencia en demostrar su cultura francesa, su amplitud de registros, su compromiso social, su bagaje literario, su savoir faire. Jamás he comprado un disco suyo, pero la única vez que fui a verlo en directo acabé pasando un rato estupendo. Entre los intereses de esta noche está esa rareza que supone en su repertorio la fantástica canción titulada Sol, compuesta por el amigo Sabino Méndez. Un tema que ya quisieran para sí la mitad de los grupos indies de este país y que Loquillo interpreta con misterio y convicción. Un buen argumento para pasar hoy por el pabellón.

Otro es Iván Ferreiro, capitán pirata de una fascinación generacional que compartí en algunas ocasiones, sobre todo con la impactante Años 80. Su trayectoria en solitario sigue logrando el respeto general, respeto que en Córdoba adquiere tintes de reverencia.

Y también estará Quique González, quien merece todos mis respetos como kamikaze de la industria discográfica y pájaro mojado del sistema. Sin embargo todavía no he encontrado el camino para interesarme por su propuesta artística.

Loquillo cierra la lluvia de incunables estrellas que nos ha traído esta tercera edición de Eutopía. Podría decirse que el Festival acaba a la elevada altura de su tupé.

viernes, 17 de octubre de 2008

Autopía. Eutopía. Episodio Ocho: ¿Ana Rosa Bunbury?

Un concierto de Enrique Bunbury es una garantía. Siempre hay excelentes músicos, buenas canciones y actitud de artista. No se arruga frente a públicos hostiles con sus gestos y consignas antifascistas. Por razones como éstas y por algunas declaraciones valientes, Bunbury comenzó a interesarme. Por eso y, por supuesto, por canciones tan deliciosas como las que encerraba su álbum Pequeño.

Por desgracia, el concierto de esta noche viene inevitablemente salpicado por la polémica sobre la apropiación de varios versos y reflexiones de Pedro Casariego Córdoba (un poeta notable, no muy popular, que se suicidó en 1993, a los 37 años). Entre otras cosas, Bunbury se ha quedado con el verso que definió la actitud vital de Casariego y aún hoy lo identifica: “Soy el hombre delgado que no flaqueará jamás”. Lo ha usado como título del primer single de su nuevo disco, Helville de Luxe, en el que incluye otras perlas del mismo autor.

Lo peor es que Bunbury ha calificado de “chorradas” las reclamaciones de la familia del agraviado, con el argumento de que el acto creativo es una suma de influencias y referencias. Así es, pero cuando la influencia transcribe literalmente frases e ideas ajenas puede estar a un paso del plagio. El respeto y la admiración se generan a partir del hallazgo de algún verso, así que es de ley saber quién es su verdadero autor.

Hubiese sido muy fácil reseñar estas referencias, y no haría falta un libro para explicarlas, como ha señalado su manager: bastaría con indicar, tras cada verso, de quién es. Porque anotar una frase ajena en tu cuaderno no la convierte en tu frase.

Bunbury ha demostrado que sabe hacer cálidos homenajes y fantásticas versiones. No entiendo por qué ha usado recursos propios de Lucía Etxebarría o Ana Rosa Quintana, famosas maestras del timo de la intertextualidad y de echar las culpas al torpe del “negro”.

A pesar de todo, esta noche iré al concierto. Espero que sople el viento a favor (verso original de Bunbury: El viento a favor. 1999).

jueves, 16 de octubre de 2008

Autopía: Eutopía: Episodio Siete: El enigma Amaral

No: el enigma Amaral no consiste en saber por qué venden tantos discos. De hecho, existe cierto consenso entre una gran parte del público y de la crítica respecto a lo reconfortante que resulta que sea este tipo de apuesta la que esté en los primeros puestos de las listas de ventas en lugar de algunos de sus otros inquilinos habituales (tendremos el buen gusto de no poner ejemplos).

Pero, como decía, el éxito comercial de Amaral no es el quid de este asunto. Para mí el verdadero “enigma Amaral” consiste en la siguiente paradoja: Eva Amaral y Juan Aguirre suelen nombrar entre sus influencias a maestros como Van Morrisson y David Bowie, fueron teloneros de Bob Dylan, y en una canción nombran el fantástico Marquee Moon, de Television. Entonces: ¿Por qué componen esas canciones?

Como teloneros de lujo de Amaral estarán Lori Meyers. La primera canción que escuche de ellos fue Ya lo sabes. La emitieron en Radio 3 sin anunciar quiénes eran y pensé que tal vez se tratase de Malcolm Scarpa o de Tarik y La Fábrica de Colores. No encontraba más candidatos posibles entre los músicos españoles contemporáneos (y mirando más atrás sólo pensaba en Los Brincos) que fuese capaz de parir una canción con la frescura, la naturalidad y las referencias de ésta. Sin embargo, sus responsables eran unos tipos insultantemente jóvenes, de Granada, integrantes de una banda que ahora encabeza las nuevas generaciones de pop andaluz.

Antes de estos conciertos comienza “¿A qué sabe Eutopía? “. Preguntarse por el sabor de un festival me recuerda bastante a aquel spot que se preguntaba: “¿A qué huelen las nubes?”. Y, por supuesto, estoy de acuerdo con que todo lo que es sensible puede llegar a ser percibido por los sentidos más inesperados, del mismo modo que hace poco afirmé que lo inmaterial también puede suicidarse (puede hacerlo todo lo que cumpla la premisa esencial: estar vivo: algunas cosas, pongamos por caso, muchas instituciones, jamás podrían suicidarse porque no han estado vivas nunca).