Metido en faena, adscrito a alguna dieta mágica, el aburrido Santamaría decide opinar un día contra la norma y el paraíso de sus colegas. Su discurso, tildado de excesivo incluso por el moderado Gabilondo, provoca una respuesta que se muestra más ridícula según crece, un sofoco que se apaga y va enfriándose, paradójica pero muy lógicamente, según sube su rencor y su ofensa.
A puñados, como se usa la sal gorda de la vida, los del gorro se alistan contra el honor mancillado o, lo que es lo mismo, contra la revelación de su patraña. Desenmascarados, expuestos de golpe al mundo sus fatuos atributos, los deconstructores se derriten y escupen acusaciones temibles y pronósticos fatales.
Mientras España arde entre estas llamas inócuas, los fogones se ruborizan, ajenos a esta batalla salpimentada de orgullo, tontería y pereza.
Por favor, jefe: me ponga dos huevos fritos.
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sábado, 31 de mayo de 2008
lunes, 26 de mayo de 2008
Feminista
Mi respeto a ZP se afirmó cuando comprobé su irrenunciable apuesta feminista. Por encima de todo lo demás, me siento radicalmente feminista.
jueves, 22 de mayo de 2008
La final
El dolor de John Terry. El llanto cristiano de Cristiano (tan parecido al culo llorón de Maribel Verdú en Belle Epoque). La grandeza de la flota inglesa. La certeza en el pronóstico de mi mujer. Dios. Cómo me gusta el puto fútbol.
miércoles, 21 de mayo de 2008
Chat: Casas Ros
...un tipo tiene un accidente de coche porque se le cruza un ciervo
eriksatie : y pierde a su mujer y tb pierde su rostro
eriksatie : entonces se refugia en Génova para beber coñac y escribir su desgracia
Se ha cortado la conexion del usuario ginebra
eriksatie : a partir de ahí se opera una estrategia de marketing que bendice las cualidades literarias del pollo
eriksatie : pero el asunto parece que no da para más
Se ha cortado la conexion del usuario madrilenio
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sábado, 10 de mayo de 2008
Gran Grilo
El Centenario de Bodegas Campos dispone una noche mágica en el Gran Teatro (previa al delicioso catering de medianoche en el restaurante). Miguel Poveda derrocha fuerza y talento y Joaquín Grilo regala emoción y magia.
Escribo algunas impresiones sobre el bailaor:
"...su actuación supera cimas, riesgos y poderes en un crescendo apoteósico e inagotable. Cada vez que su heterodoxia pone en peligro la dignidad de la oferta, las soluciones inesperadamente clásicas amainan la angustia y generan entusiasmo. Cada vez que su descaro augura el accidente, su genio lo rescata para elevarlo al podio de su estado de gracia. Y si de nuevo, por un segundo, alguien duda de la consistencia de algún impulso temerario, de inmediato resplandece la prueba que aparta el miedo y reclama el aplauso.
Evoca Grilo a Rodolfo Valentino, a Chaplin, a Fred Astaire, a Marceau, a Elvis Presley, a Nureyev y hasta a Michael Jackson. Pero lo increíble y sustantivo es que lo hace sin dejar de ser ni por un instante endemoniadamente flamenco..."
Poco después, encuentro este vídeo con karaoke incluido:
Escribo algunas impresiones sobre el bailaor:
"...su actuación supera cimas, riesgos y poderes en un crescendo apoteósico e inagotable. Cada vez que su heterodoxia pone en peligro la dignidad de la oferta, las soluciones inesperadamente clásicas amainan la angustia y generan entusiasmo. Cada vez que su descaro augura el accidente, su genio lo rescata para elevarlo al podio de su estado de gracia. Y si de nuevo, por un segundo, alguien duda de la consistencia de algún impulso temerario, de inmediato resplandece la prueba que aparta el miedo y reclama el aplauso.
Evoca Grilo a Rodolfo Valentino, a Chaplin, a Fred Astaire, a Marceau, a Elvis Presley, a Nureyev y hasta a Michael Jackson. Pero lo increíble y sustantivo es que lo hace sin dejar de ser ni por un instante endemoniadamente flamenco..."
Poco después, encuentro este vídeo con karaoke incluido:
jueves, 8 de mayo de 2008
Caviar seco

¿Caviar o perdigón?
Soñé esta noche con caviar seco. No sabía si existía algo así. Ahora, mirando en el Google veo que así se llaman a algunas huevas de pescado que se utilizan como condimento para la pasta. En mi sueño, el caviar seco eran unas bolitas muy pequeñas, como perdigones, pero muy livianas, casi flotaban. Yo las usaba para echarlas al aire en el estudio de grabación, justo delante de la cámara, y así obtener un efecto como de película antigua. Quedaba muy bien. Eso fue antes de perseguir al criminal por la torre, después de temer la explosión de la bomba en el AVE, y sólo un segundo antes de comer ese preparado de gambas que podía dejarte gangoso perdido (noté los primeros efectos en mi mano izquierda y en mis labios y lo tiré a la basura). Más tarde vinieron a hacerme la entrevista en la piscina de la terraza del hotel. Hablé muy bien de Guardiola, en inglés, y muy mal de Luis Aragonés, en español, aunque la periodista no lograba captar toda la intención de mis palabras. Cuando me desperté, mi madre le estaba preguntando a un tipo qué era un estrebillo. El tipo no tenía ni idea y cuando yo contesté correctamente se puso muy gallito conmigo. Discutí acaloradamente con ese ignorante pero, antes de echarlo de casa, le indiqué que le agradecía la atención que le había dispensado a mi madre.
jueves, 1 de mayo de 2008
Desmontando a Houellebecq

Mamá fatal
Ni carceleros, ni piratas, ni frustraciones de Champions League. El tema de la semana es, sin duda, "el tema Houellebecq".
Este hombrecillo, de instinto genial y enfermizo cerebro, aterrizó en Madrid para participar en la cacareada y algo tibia Noche de los Libros, y dejó a decenas de verdaderos o falsos seguidores a las puertas de su verbo. Pocos saben, a día de hoy, el asunto de su discurso.
La noticia, como tantas otras veces, fue la ausencia de noticia. Pero, de inmediato, en un celestial ajuste de cuentas, su octogenaria madre ha desenmascarado a este provocador ridículo, a este escritor cobarde, a este inevitable signo de nuestros peores tiempos, y lo ha inhabilitado, de por vida, para el ejercicio de la literatura.
Decía Loriga que pensar en la madre es matar la literatura. Ahora sabemos que hay algo peor: que sea la madre la que escriba, pensando en el idiota del hijo, para eliminarlo definitivamente.
Toda la chicha pinchando acá
miércoles, 30 de abril de 2008
La vida al contado

Sí, siento la diferencia
Ayer fuimos a El Corte Inglés a comprar una lavadora y un pequeño horno y, por primera vez en nuestras vidas, decidimos pagar a plazos. Ahora, este gesto nuevo me hace ver cómo he ido organizando mi propio futuro: también a plazos. Y eso es precisamente lo opuesto a esa vida al contado que he llevado hasta ahora.
viernes, 25 de abril de 2008
Lo que necesitas es amor (y otras mentiras)
Calor onírico
Creo que fue una voz, creo que fue sólo una voz. Yo estaba en el vestíbulo de un Gran Hotel, me había escapado de la sala de conferencias porque casi todo el mundo llevaba un perro y a mí los perros me molestan mucho. Me fui un rato a jugar al fútbol y volví al hall a esperar a mi abuela. Y entonces fue cuando escuché la voz, creo que era sólo una voz, una voz muy potente que sólo me hablaba a mí, una voz que sólo dijo: “Ven, yo te daré lo que necesitas”. De alguna manera esa voz me empujó hacia una pequeña puerta. La crucé y entendí que lo que yo necesitaba era esa habitación: una habitación hexagonal, grande, de techos muy altos, sin ventanas ni muebles, absolutamente vacía, blanquísima y húmeda, en la que hacía muchísimo frío. Por lo visto lo que yo necesitaba era un lugar como ése, para por fin encontrarme a solas conmigo mismo. Me abroché la chaqueta y me abracé. El frío era insoportable y yo caminaba de una pared a otra murmurando una especie de lamento monocorde. De repente descubrí otra puerta, aun más pequeña. La crucé y entré en una iglesia gigantesca y pomposa, llena de oro e incienso, en la que un sacerdote celebraba una misa para un puñado de feligreses. El calor me resultó insoportable. El lugar también. Me quité la chaqueta, la arrojé contra el altar y salí corriendo, huyendo de allí. Crucé a toda velocidad la habitación blanca, llegué hasta el vestíbulo del Gran Hotel y comencé a recoger mis cosas para salir cuanto antes de allí. Sólo lo esencial: las llaves de mi casa, mi cartera, mis gafas de sol… no me importaba dejar allí mis maletas, mis libros ni el coche, lo que quería era irme de ese lugar, escapar si aún estaba a tiempo de hacerlo. Entonces noté cómo una mano muy suave agarraba la mía y, antes de volverme a mirar a su dueña, escuché su voz diciéndome: “Soy yo lo que necesitas. Yo te quiero. Y ya estoy aquí”. Me giré y vi a una mujer muy bella. Llevaba un vestido de verano rojizo y muy corto, que dejaba ver sus muslos algo gruesos, tersos y morenos. Su cabello también era negro y sus rasgos, algo grandes, estaban armoniosamente dispuestos sobre su rostro. Era muy bonita. Sin decir nada la seguí, salimos a la calle, cruzamos la M-30 sin mirar el tráfico y nos sentamos en la mediana. Ella estaba sobre mis rodillas y yo abrazaba su cintura con mi brazo izquierdo mientras acariciaba sus piernas. Del otro lado de la carretera llegó un joven para darnos un folleto publicitario sobre clases de magia. Ella lo tomó en sus manos y le dijo: “Mira. Magia es esto”, y donde había un folleto apareció un gorrión dócil que se posó en el dedo del chico. Entonces llegó un camarero y me dijo: “Señor, es usted un tipo con suerte. No hay muchas mujeres como ésta”. Aquello me resultó sospechoso, y un poco molesto. Le respondí “Es posible. Ya te contaré cuando la conozca realmente”. Y él me dijo: “Si empezamos así, poco futuro le veo a la cosa”. Ella sonrió y yo me tumbé sobre la mediana y dejé que mi cabeza reposase sobre su regazo. Desde esa posición pude ver cómo sus fosas nasales estaban manchadas de blanco. Me incorporé y le pregunté si tomaba cocaína. Ella me mintió al decirme que no. Insistí y admitió que era la primera vez, y que sólo se había metido un poquito. Una nueva mentira. Me preguntó si es que yo quería coca. Yo también le mentí cuando le dije que no, que sólo era por curiosidad. Y sólo entonces, sólo después de mentirnos mutuamente por primera vez, nos atrevimos a darnos el primer beso.
miércoles, 11 de julio de 2007
LECTURA PUBLICA
sábado, 7 de julio de 2007
literas duras

Ilustración: Juan Berrio
Una prórroga sin empate, un bis innecesario, huérfano de atención o aplausos, una excusa endeble para apurar los restos de mi aliento o de mi voz.
Siete minutos ajenos a lesiones o a cambios tácticos. Un momento sin malicia. Un ratito de sudor.
Cuando pienso en la literatura nunca imagino a un tipo divirtiéndose mientras crea personajes, argumentos o aventuras. No pienso en premios ni en columnistas. Ni en conferencias, entrevistas o suplementos culturales. Para entretener ya están el cine, la televisión, los videojuegos. Cuando pienso en la literatura sólo puedo ver a alguien triste y solitario, intentando desesperadamente explicarse la vida.
TODO A CIEN
Imagen: Paloma García
Tablas
Veintitrés minutos. Pulsé los extras de mi móvil y comprobé que nuestra última conversación había durado veintitrés minutos. ¿Cómo se puede hablar tanto? ¿Cómo se puede hablar tan poco?¿Cómo se puede hablar, cómo seguimos hablando? Llamé yo:
—¿Sí?
—¿Qué tal?
—Bien, bueno, bien... bien es mucho decir.
—¿Por qué?
—No, por nada... ¿Y tú?
—Qué.
—Que como estás.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí, bien. Más o menos.
—¿Qué te pasa?
—No, nada, ¿y a ti?
—A mí qué.
—Que qué te pasa.
—Nada, ¿por qué?
—Porque me has dicho que decir que estás bien es mucho decir.
—No, es que estoy cansada.
—¿Y eso?
—Pues que no he dormido casi nada.
—¿Has dormido en el sofá?
—Sí, pero un par de horas como mucho, y muy mal.
—Pero...
—Pero qué
—¿Por qué haces esas cosas?
—Que no, que estaba aquí viendo la tele y me daba pereza irme a la cama y me he echado por encima la mantita esta y me he quedado dormida hasta que ha sonado el teléfono.
—¿Yo?
—No, tú no, que han llamado antes.
—¿Quién?
—No lo sé, no lo he cogido, estaba muy cansada.
—Entonces, ¿cómo sabes que no he sido yo? A lo mejor te he llamado antes.
—Ah, bueno, no sé... Quería decir que no me has despertado ahora, que ya estaba despierta.
—Ya.
—A-hum.
—Bueno...
—
—Que... yo qué sé, que si vamos a comer juntos.
—¿Dónde?
—Dónde, pues no sé, donde quieras, no sé.
—Mejor nos vemos luego, ¿no?
—Luego cuándo.
—No sé, esta noche, ¿no? Cenamos o algo, ¿no?
—Bueno, sí, pero ¿y ahora?
—Estoy muy cansada.
—¿Vas a seguir durmiendo?
—No sé, no sé. La verdad es que no sé lo que voy a hacer. Me duelen mucho los ovarios.
—¿Te ha venido la regla?
—¿Te ha venido la regla? La regla no viene, la regla no me viene, la regla ocurre, idiota.
—Vale, ¿te ha ocurrido la regla?
—Sería más bien: ¿te ha ocurrido LO de la regla?, pero no, no me ha venido, ni me ha ocurrido, ni nada. Se me pasará enseguida.
—Quiero follar contigo.
—¿En el trastero?
—Donde tú quieras.
—¿Qué estás escuchando?
—¿Cómo?
—Que qué tienes puesto. ¿Los Pixies?
—No. los Planetas.
—Qué pesado eres. Estás todo el día poniéndolos.
—Ya sabes que me gustan mucho.
—Ya.
—¿A ti no?
—Hombre...
—A ti te gustaban... Fuimos a verlos a El Sol, y te gustaron, ¿no te acuerdas?
—Sí, hombre, pero tampoco...
—Estuvieron muy bien.
—A ti es que te gusta todo.
—Todo no. Los Planetas sí.
—Entonces, ¿cenamos?
—Te quiero.
—Vale. Cenamos o no.
—Que digo que te quiero.
—¿Ya has bebido?
—¿Qué?
—Que ya has bebido algo, ¿no?
—No, bueno sí, una cerveza.
—¿Una?
—Una, sí, bueno, un par de cañas.
—¿Un par de cañas solo?
—Me caes mal.
—Te caigo mal.
—Sí, me caes mal, porque no es justo.
—No es justo qué.
—Este control. Este chantaje.
—No es eso, es que se te nota.
—¿Lo dices porque estoy cariñoso?
—No, bueno, déjalo, me tengo que ir, luego te llamo.
—¿Te parese?
—¿Cómo que “te parese”? ¿Sos argentino ahora?
—Me caés bien, flaca.
—¿Te parese?
—Me parese que te quiero.
todo es 99: extracto de un diario fatal
Imagen: Paloma García
Sangre de naranjas
Como todas las mañanas, me despierto, me quedo cinco o diez minutos en la cama, acariciando su cuerpo dormido, me levanto, meo escandalosamente, me meto medio dormido en la ducha, uso el champú, el gel y el acondicionador, salgo un poco más despierto, tardo un buen rato en secarme, cojo la crema de afeitar y me afeito, me pongo after-shave y crema hidratante en el rostro y en el cuello, desodorante en los pies y en los sobacos, pasta dentrífica sobre el cepillo, gel fijador en el cabello y unas gotas de colonia en las orejas, en la nuca, en las muñecas. Me visto, no me siento completamente vestido hasta que no me calzo mis botas. Pongo la televisión, la Primera de TVE, sin voz, para no despertarla, y leo las últimas noticias en el tele-texto. Bebo un vaso de agua. Cambio a Canal Satélite Digital y leo los títulos, los géneros y hasta los argumentos de las seis películas porno que emiten cada día. Después bajo a la calle, compro El País, doy un pequeño paseo, con una tranquilidad que contrasta con las prisas del resto de los transeúntes, veo a algunas chicas con las narices y los muslos enrojecidos por el frío, andando deprisa sobre sus tacones, algo encogidas pero aun así solemnes, desafiantes. Subo de nuevo a casa, bebo más agua, leo las secciones de Cultura, Deportes y Televisión, hago, muy velozmente, el Revoltigrama y, a continuación, también bastante rápido, el Crucigrama. Echo un nuevo vistazo al tele-texto, para leer el resto de las portadas de los periódicos, al menos las de los deportivos. Voy al dormitorio, la beso y le digo que voy a preparar el desayuno. Voy a la cocina y comienzo a preparar el desayuno.
Como todos los días, elijo las naranjas más naranjas. Saco de la despensa el café, el filtro, algunas rebanadas de pan integral, azúcar moreno, galletas, pastas y cereales. Parto en dos cada naranja, y sueltan unos chorritos de sangre. Conecto el exprimidor y voy desangrando las naranjas. El exprimidor cambia automáticamente el sentido de su giro para poder extraer así hasta la última gota de sangre de cada naranja. Lleno dos grandes vasos de sangre de naranjas. Los tapo con unos platitos para que se conserven las vitaminas, para que no se escapen las vitaminas, para que dentro de unos minutos todavía puedan calificarse como zumos recién hechos de sangre de naranja.
Voy de nuevo al dormitorio, le doy otro beso a mi mujer y le digo que el desayuno está casi listo. Ella me dice que ya viene, que ya mismo se levanta. Pongo a calentar el agua, enciendo la tostadora. Saco del frigorífico margarina, mermelada, algunas piezas de fruta, jamón cocido, queso y leche. Voy llevando todo a la terraza cubierta, que es donde solemos desayunar. Nos gusta el efecto de los rayos de sol colándose entre las rendijas de las persianas metálicas. Y el ruido sordo y lejano de la ciudad de fondo. Nos gusta, o al menos me gusta a mí. Vuelvo al dormitorio, y le aviso a mi mujer que ya está todo preparado. Le doy otro beso, pero éste no es igual que los anteriores.
A mi mujer le cuesta mucho trabajo levantarse. Tiene su explicación: por las noches tarda mucho en dormirse. Yo, cuando llego a la cama, cojo cualquier libro y apenas tardo cinco minutos en caer dormido. Claro que yo me despierto dos o tres horas antes que ella. Tenemos los ritmos algo cambiados. Nos ocurre lo mismo con la temperatura. Cuando nos acostamos yo tengo mucho calor y ella mucho frío. Eso hace que a veces quiera abrazarme para calentarse. Yo también quiero abrazarla pero cuando lo hago me pongo a sudar como un cerdo y me agobio mucho, así que tengo que separarme un poco de ella. Por las mañanas yo me despierto muerto de frío, y ella ya está destapada y en sueños murmura que hace mucho calor. Yo la tapo un poquito con la sábana, porque creo que de todos modos puede coger frío, pero ella se la quita de encima a manotazos y frunce el ceño o se queja medio dormida. Por las noches ella se pasa una o dos horas leyendo. Me doy media vuelta para que no me moleste la luz. A veces se levanta y se pone a ver una película. Algunas mañanas amanece dormida en el sofá. Algunas mañanas yo termino desayunando solo, algo enfadado, aunque cada día me enfado menos.
Salgo del dormitorio armado de paciencia. Para amar, y para escribir, hay que tener mucha paciencia, me digo. Saco las tostadas, como siempre algo quemadas, me siento a la mesa acristalada de la terraza y comienzo a sorber la sangre de naranja y a pelarme un melocotón. Echo la leche fría sobre el café caliente. Me gusta el café recién hecho, pero prefiero la leche fría. Ella no soporta el café recién hecho, siempre toma el que sobró del día anterior, pero le gusta la leche muy caliente.
Algunas mañanas acabo desayunando solo, pero hoy, cuando sólo he tomado el zumo, el melocotón, un poco de café y media tostada, ella aparece con los ojos medio cerrados y mi camisa larga por encima de su cuerpo desnudo. Se sienta sin hablar, sin darme un beso, dice ahora que tiene frío, parece que le molesta el sol. Permanece unos minutos sentada, absorta, hasta que le digo que se tome la sangre de naranja porque se le van las vitaminas. Se lo digo así: sangre de naranja, y ella levanta una ceja y me mira extrañada. ¿Cómo que sangre de naranja? me dice. Y le cuento que esta mañana, mientras las partía por la mitad, me dio la impresión de que las naranjas se desangraban. Asiente sin mayor entusiasmo, prueba el zumo, el zumo de naranja, y determina que está un poco ácido. Me levanto para calentarle la leche otra vez, pues ya se ha enfriado y sé que no le gusta tibia. Cuando vuelvo me dice que no está mal.
—¿El qué? le pregunto.
—Lo de la sangre de naranja. Podías escribir algo a partir de eso.
—Sí, de hecho he pensado un relatito sobre eso, no sé, describir lo que hago por las mañanas, lo que hago una mañana de cualquier día, y meter ahí lo de la sangre de las naranjas.
—Ya...
—¿Qué te parece?
—No, si está bien, pero... Podías darle alguna vuelta, ¿no? Hablar de otras frutas o de otras verduras, o hacer un cuento que no fuese lo que tú haces por la mañana y donde sólo apuntas lo de la sangre de naranja, ¿no?
—Sí, claro, ya, está bien, estaría bien, claro, pero ya sabes que si me tengo que poner a crear una historia y a desarrollar todo el tema de la sangre de las frutas, las vísceras de las verduras o el alma de los cereales pues...
—Pues qué.
—Pues que me aburro. Que me gusta la idea de lo de la sangre de las naranjas y punto, no ponerme a inventarme ahora una chorrada que además merezca ser interpretada como una metáfora de las relaciones sociales, del incierto destino de la humanidad o de su puta madre.
—Ése es tu problema, que te aburres.
—¿Qué quieres decir?
—Pues eso, que te aburres, que todo lo que te supone un esfuerzo, una dedicación, una constancia, te aburre. Que tú solo quieres hacer esa cosita que se te acaba de ocurrir y que, además te parece fantástica y nada más. Y además quieres o pretendes que los demás te digamos “¡Oh! Es fantástico, es maravillosa esta pequeña tontería que tu prodigiosa cabecita ha parido esta mañana mientras preparabas el desayuno, estamos todos felices y satisfechos de tu pequeña tontería de hoy, eres el mejor”.
—Estás hablando de sexo, ¿verdad?
—¿Cómo?
—Que estás hablando de sexo, de nuestra relación sexual, ¿no?
—Pues no.
—¿Cómo que no? Me estás diciendo que no te dedico tiempo, que nuestros polvos son miserables, que no te presto atención, dedicación, ni esfuerzo, ni nada, que me limito a echar algún polvo rapidito y punto, y que encima pretendo que así te sientas feliz, satisfecha creo que has dicho, conmigo, ¿no?
—Yo no he dicho nada de eso.
—No, tú has hecho una estupenda metáfora a partir de MI idea de la sangre de las naranjas.
—Yo sólo te he dicho que para escribir hay que tener mucha paciencia.
—Ya. Y para amar también.

Obra: Ana Sánchez
The black & white end
Hay noches en las que el mundo sospecha de mi infinito desprecio. Y entonces las caras se vuelven, el aire de tantos giros provoca vientos dañinos que arañan mi imagen, se cierran las palabras y los vasos se escupen. Entonces nadie me quiere ver. Esas noches me desaparecen.
Como puedo, vuelvo a casa, a una casa que no es mía ni es extraña, que nunca perteneció a nadie. Mis pasos son lentos o trágicos, y huele a miedo, a rencor, a abandono. Sobre el mármol borro huellas recientes con pasos pesados, con pies indecisos. Sobre la mesa hay letanías, sobre el colchón, pesadillas.
Si ella se oculta bajo las sábanas es porque todo está perdido. Si aparece su pie inquietante, que danza y renuncia al calor de su breve calcetín, algo de amor y de esperanza flota en el dormitorio, un soplo que habla de lo que vendrá mañana. Un horizonte borroso. Un país desconocido.
Pero ahora la decoración se nutre de látex, cartón y celulosa. Las luces no alumbran nada. Las llaves prefieren morirse. Pero ahora están mis dedos sin uñas ni ritmo, y mis manos con manchas ancianas, y algo más que no se convierte en nada, pues carece de fuerza y de maña, y derrocha veneno o locura, aunque logra evitar la rima más detestable.
Quiero atrapar un satélite que ronda mi espacio y mi vida. Un cuerpo más negro que azul, que viene y que va sin orden ni norma, que deslumbra u oculta, que es muy bueno y muy malo. Entre esa esfera y yo no hay más que vacío. Inmensos desiertos sin brújula ni estrellas. Errores sin accidentes. Prohibición de experiencias.
Beber, morir, callar o arrojarse son cosas que pueden al fin quedar justificadas. Escribir tan mal como ahora, no. Así que hasta mañana.
domingo, 1 de julio de 2007
NUEVO KILIEDRO

Hace días que ya está on line el nuevo número de
www.kiliedro.com
Mi artículo finaliza así, con versos robados:
“Cuando veo tus ojos, son mi 68, lo demás ya no existe, tú lo haces mentira. Son demasiado hermosos para ser de derechas. Compromiso político y amor adolescente. Qué más da. Con hacer roja la cama creo que será suficiente. Así serán nuestros sueños, tan rojos que un día seremos valientes. La sábana en la ventana para que todos la vean. Y nuestra cama tan roja, la cama tan roja, el ocaso sobre la marea”.
LUNA AZUL
lunes, 18 de junio de 2007
NOCHE EN BLANCO
Blanco el vodka transparente
blanca la verde simiente
blanco el orgullo asustado
blanca que anda a mi lado
Blanco el color bajo el texto
blanco el olor que detesto
blanca la nueva semilla
blanca y virgen, y sencilla
Blanco porque no me adelgazan
blancas fronteras de Gaza
blancos del mundo los niños
blanca la paz del cariño
Blanco porque rechaza o reúne
blanca la voz, blanco el perfume
blanco como al tiro el blanco
blanca la piel del barranco
Blanco es como decir
blanco es como mentir
blanca fue ya la esperanza
blanca es la eterna sustancia
Blanco es el hombre del miedo
blanca la fe de mis ciegos
blanco me veo como el roble
blanco fui, ya no sé dónde
domingo, 17 de junio de 2007
PROVISIONAL ETERNO
Entre un estornudo y un trozo de papel
lanzado errante
a la papelera cotidiana
Entre una palabra y un pedazo de piel
que cambia de forma y color
en tu infatigable frente
Entre una canción olvidada
y una cuota revisada
en la SGAE de tus sueños
Sigue viviendo al margen
de las orillas impuestas
le pese a quien le pese
Sigue temiendo atender
cualquier llamada doméstica
te oiga quien te oiga
sábado, 9 de junio de 2007
LA FICCION DE UNA VIDA INTERESANTE
Juro que lo intento
A veces funciona
como un motor antiguo
y transparente.
Sudo y sobre todo
sudo y sudo
sobre mí.
Las horas pierden
valor o rumbo.
Los segundos, en cambio,
parecen tan importantes.
Las arenas movedizas
me distraen
mientras duermo
y me pregunto
me pregunto
A veces funciona
como un motor antiguo
y transparente.
Sudo y sobre todo
sudo y sudo
sobre mí.
Las horas pierden
valor o rumbo.
Los segundos, en cambio,
parecen tan importantes.
Las arenas movedizas
me distraen
mientras duermo
y me pregunto
me pregunto
martes, 5 de junio de 2007
CON CLUSIONES, PRO VISIONES
A veces, ajustas cuentas con el pasado. Te enfrentas a un armario que sólo guarda recuerdos. Y caen revistas, teléfonos, fotografías, agendas, postales. Sin piedad ni melancolía. Los arrojas a la basura, dispuesto a quemar tres lustros y a esparcir sus cenizas por cualquier calle. Pero, de repente, entre tus dedos se agita un papel pequeño y troquelado, que lleva escrita la fecha en la que te dejaste caer, tú, entonces, en las redes de...
domingo, 3 de junio de 2007
LA VIDA CONTAMINADA
Foto: Paloma García
Tarde de limpieza y de olvido. Durante más de cuatro horas tiramos recibos, papeles de bancos, entradas de mil conciertos, flyers, christmas, billetes de metro, tren y avión, recuerdos de diez ciudades, recortes de prensa, listas de éxitos, pruebas de imprenta, hojas de promoción, maquetas, disquettes, fotografías, cajas, revistas, postales, agendas, discos, carpetas, regalos, plastilinas, invitaciones, teléfonos y números de teléfonos, recuerdos y más recuerdos. Y más y más recuerdos. Y muy poca cosa memorable. De repente veo una cifra en pesetas, de finales del siglo pasado, y entiendo cómo la vida se va contaminando de asuntos tan ajenos como el cambio de moneda oficial. Esta operación-papelera no servirá para eludir todo lo que me fue contaminando. Pero, de alguna manera, me siento ahora un poco más limpio: un poco más yo hoy al deshacerme de lo que he ido siendo.
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