miércoles, 30 de mayo de 2007

EL INCENDIO CERISE


Foto: Paloma García


un espacio desconocido arde
entre labios que se ignoran


antonio agredano: el incendio cerise (plurabelle, 2007)

LA PISCINA (I)


Foto: Paloma García


Como cada noche, el insomnio sustituyó el sueño por el hambre, y aproveché la visita a la cocina para anotar algunas palabras en mi agenda:


la piscina

voy a salvarme

agosto

Antes, en la cama, había dejado de leer el libro que había empezado unas horas atrás. Pensaba en la cita que tendría esa misma tarde con el dermatólogo, quien debía confirmarme que esas manchas que cada día iban invadiendo más y más mi cuerpo se debían a una pitiriasis inocua de pronta involución. Ése había sido el diagnótico del especialista al que visité dos semanas atrás, quien ya me advirtió que tras las primeras ronchas detectadas vendrían otras muchas nuevas que se extenderían por el tronco y las extremidades, y que no debía preocuparme. Poco después confirmé en la Guía Medicina y Salud que este tipo de virus no era contagioso, ni tenía tratamiento específico y que solía durar unas seis semanas. Sin embargo, aguardaba con angustia la visita al nuevo doctor, pues sospechaba que el primero se había equivocado, y que todas estas erupciones eran signos de alguna enfermedad mucho peor. Me incorporé en la cama y vi la sombra de mi espalda en la pared: la hiperlordosis dibujaba una curva cada vez menos disimulable.

La semana anterior había iniciado unas sesiones de shiatsu que sin duda abandonaría en breve, como he hecho con cada uno de los tratamientos previos, como sucede con cualquier cosa que comienzo. Cerré los ojos, suspiré, y busqué sin esperanza una respuesta mágica a la desconcertante pregunta que es mi vida. Entonces, inesperadamente, apareció la piscina de la casa de campo a la que me retiro cada verano durante el mes de agosto; y al momento, como conectada de una manera inequívoca con esa imagen, surgió la convicción irrefutable de que iba a salvarme. Sentí el impulso de acercarme a la habitación de mi madre para despertarla y decirle: “Ya puedes estar tranquila: voy a salvarme, madre. Ya puedes descansar”. Pensé en telefonear a mi mujer, que a esas horas estaría volviendo de trabajar en una ciudad lejana, y proponerle que dejase su empleo nocturno y viniese a reunirse conmigo. Me acordé de mi hermana, y de mi mejor amigo, y también quise llamarlos y decirles que había encontrado la solución a los problemas que atormentaban sus vidas. Quería convencer a todos mis seres queridos de que había llegado el momento de olvidar las preocupaciones, porque estaba convencido de que yo iba a salvarme y, conmigo, se salvarían todos ellos. Quería hacer esto con todas mis fuerzas, pero no lo hice porque no tenía ni un sólo argumento que ofrecer para que creyeran en mis palabras.

martes, 29 de mayo de 2007

LA PISCINA (II)


Foto: Paloma García


Fue entonces cuando sentí hambre, me levanté, comí algunas galletas de chocolate y escribí esas palabras en la agenda, en la columna correspondiente al uno de junio. Esa madrugada era la del veintiocho de mayo, el mismo día que iría, a las seis de la tarde, al dermatólogo. Y precisamente el uno de junio era el día previsto para visitar el pueblo en el que cada verano paso mis vacaciones de agosto. Todos los años, en primavera, suelo acercarme un día para comprobar cómo está esa casa que durante el resto del año permanece cerrada y deshabitada, apenas vigilada de cuando en cuando por una familia del pueblo. La casa no guarda nada que pueda interesar a nadie (una cama, una mesa, dos sillas, una pequeña nevera y un fogón son todo su inventario), así que siempre hago ese viaje de rutina sin otra preocupación que comprobar los desperfectos que pueden haber causado las lluvias o las nevadas, o los estropicios propios de los pájaros y roedores que hayan logrado colarse en alguna habitación. Sin embargo, esa noche reparé en la piscina (apenas una alberca con una vieja lona que impide, y no siempre, que conejos, zorros y topos cayeran en ella y muriesen ahogados), y sentí un miedo incomprensible, un súbito temor a que la piscina hubiese sido destruida por granizos o por vándalos, y a que con ella se perdiesen inevitablemente todas mis posibilidades de salvación. Me dejé caer en la cama y comencé a sudar de manera exagerada. Imaginé de nuevo la piscina, ahora invadida por animales irreconocibles, y no pude dejar de asociar esta visión a la de mi cuerpo lleno de eccemas.

Sí, eccemas, ahora que reparaba en mis manchas, me parecían más bien eccemas: sin duda el diagnóstico inicial fue erróneo. Tenía la piel llena de erupciones que podían ser hongos, o herpes, o sarcomas, y podían ser síntomas de alguna enfermedad terrible como el cáncer, la lepra o el sida. De pronto vi que toda mi vida estaba resumida en las pocas palabras apuntadas esa semana en la agenda:

dermatólogo

piscina

agosto

voy a salvarme

viaje

LA PISCINA (y III)


Foto: Paloma García


O, más que resumida, lo que indicaba era mi ineludible final: la diagnosis de mi enfermedad, la destruccción de la piscina, que representaba mi vida, la fecha de mi muerte, en apenas un par de meses, y la única forma de salvación que a estas altura me quedaba: la muerte, el viaje definitivo.

Pero ¿por qué la piscina representaba mi vida? Empecé a entenderlo muy pronto. Esa pequeña piscina era la base de mi estancia en la casa de campo, una estancia que a su vez suponía la esencia de mi propia existencia. Mi vida no habría sido posible sin esos periodos de exilio voluntario, y esos periodos no habrían sido soportables si no hubiesen tenido la misión cotidiana de limpiar esa piscina. Una piscina en la que, sorprendentemente, jamás he llegado a bañarme, pero a la que he proporcionado todo tipo de cuidados y atenciones durante la mayoría de las horas que he pasado en esa casa.

Cuidar la piscina significaba cuidar de mí mismo. Mantenerla limpia era impedir que entraran en mí, al menos durante esos días, todas las inmundicias que me envenenaban el resto del año. La depuración del agua era la de mi propia vida. Pero este año la piscina no habría aguantado tanta contaminación y se habría dejado vencer. Este año no habría piscina, ni vida, cuando llegase el mes de agosto.

HECHO EN CORDOBA


Más jóvenes, pero más ojeras


Los de siempre, y espero que algunos más, nos veremos pasado mañana en la presentación de la página web www.hechoencordoba.com, depósito de la memoria colectiva de varias generaciones que han participado, disfrutado y sufrido de lo bueno y de lo malo de todos estos años en nuestra ciudad.

Un acto impulsado por "el padrino" Pepe Atance, y centrado en los años 80, en el que habrá homenajes, vídeos, fotografías, copas, más copas y música, sobre todo música, pues un puñado de pinchadiscos seleccionaremos las canciones más representativas de la susodicha década.

SERÁ ESTE JUEVES, 31 DE MAYO, A PARTIR DE LAS 22:00 EN LA SALA GRAN CAFÉ GÓNGORA.

viernes, 25 de mayo de 2007

NECESARIO JUNIO

Junio se acerca y es imposible recibirlo con otra alfombra que la de la esperanza.

ESTO ES... PRIN' LALA





Mañana, sábado 26 de mayo, a las siete de la tarde en Neu Club (Galilelo, 100, Madrid)